Cuando los primeros colonos portugueses la divisaron a fines del siglo XV, Ciudad El Cabo era el cabo de Buena Esperanza. Una esperanza a la que se aferró la Selección argentina apenas bajó los 1.500 metros de Johannesburgo para instalarse, a orillas y a nivel del mar, en una de las ciudades más bellas y turísticas de Sudáfrica. Quién no iba a estar esperanzado, después de los cuatro triunfos en serie y la algarabía que contagiaban los hinchas, cuando el día anterior al partido con Alemania, el viernes por la tarde, celebraban en los bares de Camps Bay (una especie de Ocean Drive, en Miami) la sorpresiva eliminación de Brasil, el rival clásico de todos los tiempos.
Pero como Napoleón cuando quiso derrotar a los aliados y confiaba a ciegas en su Guardia Imperial, invencible durante once años, Diego Maradona (49) vivió, a orillas de las azules aguas del Atlántico, su propio Waterloo como DT. Él también confiaba en sus “23 fieras”, como solía denominar a su plantel. Y se tenía toda la fe del mundo en que su selección llegara a las semifinales.
SigueNada de eso pasó Joachim Löw(50), el técnico alemán, hizo las veces de duque de Wellington, y cada gol de los de remera negra y dorada fueron golpes letales que decidieron la batalla Primero fue sorpresa, después impotencia, bronca y decepción… Todos esos sentimientos subieron del banco de suplentes a la platea donde se hallaban los familiares y allegados de los futbolistas argentinos Es que el desenlace que nadie quería imaginar terminó ocurriendo
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